¡Maten al niño! La Bienal y la crítica


Tal vez una de las dificultades para entender la crítica de arte como ciencia, provenga precisamente de esta sensación de que su objeto está en los bordes de la objetividad, o quizá deberíamos decir “de la realidad”. La realidad de una obra de arte, como arte, siempre está en cuestión, porque toda obra de arte podría no ser una obra de arte. Y viceversa.

Últimamente las bienales de fotografía del Centro de la Imagen habían generado muchas críticas, pero poca crítica. Con la XVII Bienal parece que algo está cambiando para bien. He leído textos que se esfuerzan por entender las obras, juzgarlas en relación con su contexto, mantener como referencia importante el proyecto curatorial y pensar la fotografía de acuerdo a las condiciones de la cultura visual contemporánea. Son textos serios y muy respetuosos, tanto con el público como con los artistas.

Si de pronto parece que la XVII Bienal de Fotografía será la más vilipendiada en la historia del Centro de la Imagen, posiblemente esto se debe al efecto de amplificación que provocan las redes sociales. Las redes sociales son engañosas desde antes de que existiera el Internet. Más que a opinar, las redes sociales estimulan a repetir una y otra vez la misma opinión o, cuando más, dos opiniones extremas. Es parte del fenómeno de estandarización propio de la cultura de masas, que simplifica cualquier aspecto de la realidad hasta despojarlo de matices. Y al final basta con que alguien grite “¡Maten al niño!”, como en cualquier capítulo de los Simpson, para que una multitud se sume al coro y salga a buscar armas.

La crítica de arte debería introducir un factor de racionalidad (lo que es decir, exactamente, un factor crítico, o más, un factor de crisis) dentro del statu quo emocional, cuasi histérico, en que se mantiene el consumo de imágenes -y de ideología- dentro de una cultura de masas. Aquí el término “racionalidad” no debe ser tomado como sinónimo de ciencia, sino de inteligencia. Nadie tiene la última palabra sobre la calidad de una obra de arte, ni siquiera sobre su condición artística, pero la crítica puede establecer algunos parámetros de análisis, cierta estructura e incluso ciertos límites para el juicio. Digo más: la crítica de arte puede establecer ciertos límites para el gusto.

Ernst Fischer introduce el primer capítulo de su libro La necesidad del arte, citando lo que él llama una “encantadora paradoja” de Jean Cocteau: “La poesía es indispensable, pero me gustaría saber para qué”. Parece que esa ha sido una preocupación persistente desde los orígenes mismos de la crítica de arte, porque uno de sus pioneros, Charles Baudelaire, también se vio obligado a escribir un artículo que tituló ¿Para qué sirve la crítica?

Cada vez que leo esa pregunta, recuerdo cómo cierra Adolfo Vázquez Rocca su riguroso ensayo sobre estética y epistemología: “La filosofía sirve para detestar la estupidez, para hacer de la estupidez una cosa vergonzosa.”


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