La banalidad del mar. Fotografía cubana contemporánea

Hoja de sala

Topos y tropo. El mar es el lugar común de la cultura cubana. Referencia obligada para los que llegan, para los que se quedan y para quienes se van. Espacio compartido, sobre el que ningún poder ha podido fijar su hegemonía. Es, tal vez, el espacio más democrático con que contamos. Y es lugar común de los discursos. Del discurso poético y del discurso político. Imagen recurrente y siempre accesible; proveedora de metáforas, mitos, ansiedades y nostalgias, el mar es el espacio dramático por excelencia.
En esta exposición, el mar, más que una metáfora de insularidad es una metáfora de la historia. En consecuencia es presente y pasado,presencia y ausencia. Simultaneidad y ritmo. Memoria y posibilidad. Dentro de la exposición, las imágenes del mar son intermitentes y a veces, son simplemente

intuidas. El tema de la exposición es líquido: va filtrándose entre las fisuras del discurso, va llenando grietas, va
ocupando unos vacíos y abriendo otros.

 

Pero el tema de la exposición no es el mar. El tema hay que descifrarlo en la lágrima de una mujer, retratada por Damaris Betancourt y en el hielo que se derrite en el video de Marta María Pérez; en el misterio de un paisaje nocturno en los Everglades, fotografiado por Rogelio López Marín y en el grupo de policías que vigilan la playa en la fotografía de Alejandro González. El tema no esel mar, sino los que naufragan en el ensayo fotográfico de Willy Castellanos, los que surfean en la serie de Alfredo y Katarzina, los que se besan en una imagen de Raúl Cañibano y los que mueren en la obra de Reinaldo Echemendía. O Angelita pintándose las pestañas frente
al espejo. Como toda fotografía, cada una de estas obras tiene su propia escala emocional. Y sin embargo, en el fondo de todas estas representaciones hay un punto de banalidad que ayuda a desdramatizar la relación de la imagen con la historia. Ese es uno de los giros definitorios que ha dado la fotografía cubana en las últimas décadas. El resultado es un registro íntimo y diverso de la realidad, que se resiste a cualquier construcción totalitaria. Ese giro intimista constituye una de las principales líneas narrativas de esta exposición. Comenzando con la serie de Eduardo Muñoz, quien trabaja con documentos del archivo familiar, y terminando con la serie de autorretratos de Cirenaica Moreira, proponemos un itinerario a través de esas investigaciones sobre la identidad individual que se van definiendo a lo largo de la muestra como investigaciones sobre el cuerpo y la memoria. En esa línea, las obras respectivas de Marta María Pérez y Katiuska Saavedra refuerzan el sentido performativo dela autorrepresentación, mientras la serie de Reinaldo Echemendía nos confirma que al final de esas exploraciones siempre podemos encontrar la muerte (o “la nada”) como uno de los temas originales del arte.


Si imagináramos una estructura radial para esta exposición, el centro sería la obra de Manuel Piña. Él es el fotógrafo cubano que más explícitamente ha trabajado los temas de esta muestra. El video Naufragios responde a una intención de renuncia a lo épico -incluso a lo narrativo- y busca darle una neutralidad al acto de mirar, representando el objeto mirado como carente de argumento, como sumido en un vacío. Sin embargo, para entender a qué está renunciando realmente Piña, tenemos que reconocer también Naufragios como una reminiscencia de la serie Aguas baldías, de 1994. En aquel momento Piña era el único fotógrafo cubano que miraba al mar con un sentido metafísico. Que las fotografías hubieran sido tomadas en el malecón de La Habana tenía ya una implicación simbólica; que ese malecón fuera ese mismo año el escenario de tensiones sociales que desembocaban en el intento de cruzar el estrecho de La Florida, ubicaba ese simbolismo en una perspectiva histórica. Pero la historia es justamente lo que nos distrae de la construcción estética que busca Piña. Si Aguas baldías podía ser leída entre líneas como representación de un espacio para la fuga, Naufragios pretende no ser leída, sino transformarse en el punto de una experiencia de contemplación. Lo que tiene eso de autosubversivo es que intercepta lo que puede haber de espiritual en el objeto de la contemplación con lo que puede haber de banal en su representación artística.


El mar es uno de los símbolos más conspicuos de la identidad insular. Al convertirlo en leit motiv de esta exposición lo hemos asumido como punto de partida para abordar una posible identidad de la fotografía
cubana contemporánea. Para abordar una vez más -para re-tratar- debemos decir. El juego con el término “re-tratar”, cuyo sentido tomamos en préstamo de un texto de Adriana Herrera y Willy Castellanos, se debe a esta certeza de que estamos tratando de nuevo un viejo tema. De paso nos sirve de pretexto para referirnos a la
importancia del retrato dentro de las prácticas documentales, puesto que una buena parte de nuestra selección incluye ejemplos de lo mejor del retrato en la fotografía cubana actual: Juan Carlos Alom, Damaris
Betancourt, Raúl Cañibano, Alejandro González, Geandy Pavón y Leandro Feal.

Juan Antonio Molina

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