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Oscura forma de pertenecer

 Juan Antonio Molina

El proyecto “Oscura forma de pertenecer” ha pasado por varias etapas en los últimos 8 años, en la medida que viene ajustándose a nuevas necesidades expresivas, nuevos conocimientos y nuevos hallazgos de su autora.  Literalmente yo diría que, en tanto proyecto, estamos ante un trabajo en proceso, que no parece necesitar un fin o una realización definitiva. Y diría más: Oscura forma de pertenecer ha sido el laboratorio en que Mabe Guzmán ha estado poniendo a prueba sus habilidades y sus capacidades como artista multidisciplinaria. Desde esa base, ella ha actualizado su relación con la ciudad y con la práctica de la fotografía urbana, ha puesto a prueba la flexibilidad de la fotografía directa, llevándola hasta la abstracción, con lo que ésta tiene de referencias pictóricas y escultóricas, ha atravesado la barrera de la bidimensionalidad y ha violentado el tabú de la impresión impecable y, por lo tanto, intocable, que es uno de los pilares en que se sostiene el prestigio de la fotografía analógica, como arte. Hay un poco de ironía, otro tanto de diversión, pero también mucha tensión (y quizás algo de rabia no resuelta) en la relación de la fotógrafa con estas impresiones, elaboradas con el mayor cuidado y respeto por el oficio y después intervenidas, cuidadosa y alevosamente, con objetos, sustancias y materiales que son evidentemente agresivos para la superficie emulsionada.

Mabe Guzmán pertenece a una familia de padre y madre fotógrafos, que mantuvieron durante 35 años un estudio fotográfico en la Colonia Nativitas de la Ciudad de México. Tanto ella como sus hermanos se involucraron desde niños en el trabajo del local, realizando allí diversas tareas, pero fue Mabe quien quedó atrapada, seducida por el momento mágico-estético de la “revelación” de la imagen en el laboratorio. Esa experiencia, que compartió más asiduamente con su padre, definió su vocación por la práctica fotográfica y la seriedad con que tomó su aprendizaje, completado con estudios técnico-teóricos en la Escuela Activa de Fotografía y posteriormente una Licenciatura en Ciencias de la Comunicación y una Maestría en Historia del Arte.

Pudiéramos decir sin prejuicios que esta autora se formó como fotógrafa con la “vieja escuela”. Desde ahí entiendo que además de la simpatía personal, haya formado un lazo equivalente a la relación alumna-maestras con fotógrafas experimentadas como Elsa Medina, Yolanda Andrade, Patricia Aridjis y Patricia Lagarde y, anteriormente, con un gran fotógrafo y maestro como fue Marco Antonio Cruz (†). Por otra parte, impartir clases y gestionar un proyecto docente como Página en blando, durante más de una década, le ha servido como plataforma para la investigación y la experimentación, alimentando esa inquietud (esa desazón) ante el objeto fotográfico impecable, con su referente intacto y su aura renovada. Esa inquietud no es solamente estética; es también política y forma parte de una actitud contestataria ante las representaciones, las tecnologías y los discursos dominantes en la cultura contemporánea.

En el origen de este proyecto hay tres acontecimientos estremecedores para la vida de Mabe Guzmán: la muerte de su padre (2015), el nacimiento de su hijo (2017) y, cuatro días después, el temblor de 2017. Y entonces, a principios de 2018, la fotógrafa comenzó a ver estos edificios cubiertos con inmensas telas negras, que les dan un carácter sombrío y luctuoso, imponentes, como estructuras medievales, marcando el paisaje urbano con su aire monumental y enigmático. Después del temblor de septiembre de 2017 esas imágenes fueron para ella las metáforas perfectas de una ciudad estremecida y de un cambio en su propia relación psicológica con el espacio y con la arquitectura. Fueron también el principio de un nuevo ciclo creativo y crítico, al que ya no serían ajenos ni el duelo por la muerte del padre, ni la felicidad por el nacimiento del hijo.

Antes de comenzar a fotografiar los edificios, ella se había familiarizado con la oscuridad como parte del lenguaje fotográfico y como herramienta poética. El trabajo fotográfico fue una especie de mediación entre la oscuridad de los espacios exteriores (y especialmente de los desmesurados telones) y la oscuridad interior, referida principalmente al duelo por una ausencia irreversible. En la exposición Contraseñas (Página en blando, diciembre de 2018), convivían algunas de las fotografías de edificios con otras tomadas en espacios abiertos, incluyendo el panteón donde yace el padre de la artista. En la muestra que ahora se inaugura en el Museo Regional de Querétaro también se introduce una pieza que contiene alusiones muy sutiles a la muerte, la tumba, el paisaje y la espiritualidad, mediante elementos fragmentados y sintetizados, reunidos mediante una sintaxis que se ajusta más a requerimientos de tridimensionalidad que a las convenciones de la obra en pared.

En esta nueva etapa el discurso autoral viene desplazando un eje (la muerte, como lo ya sucedido y, en consecuencia, irrecusable) por otro: la mortalidad, como una certeza y un saber imprescindible. La mortalidad es nuestra “oscura forma de pertenecer”  y nuestra oscura forma de permanecer. Mucho se ha hablado de la fotografía vinculada a la ausencia, pero estas obras que estoy comentando parecen resultar de una percepción y una vivencia diferentes: que la ausencia es una manera de estar.

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